Miércoles 29 de Abril de 2026

21 de abril de 2025

Así fue el último día de Bergoglio en la Argentina: “Nos vemos a la vuelta”

El 26 de febrero de 2013, el entonces Arzobispo de Buenos Aires, cardenal Jorge Mario Bergoglio, abordó un vuelo de Alitalia desde Ezeiza, que lo llevó a encontrarse con su destino de Papa. Jamás regresó a su patria

>El 11 de febrero de 2013, a las 11:30 de la mañana de Roma, Benedicto XVI sorprendió al mundo con el anuncio de su renuncia papal en latín. Mientras las palabras del Sumo Pontífice alemán resonaban en la Ciudad Eterna, en Buenos Aires ya eran las 7:30 de la mañana. Jorge Mario Bergoglio, entonces cardenal y arzobispo de la capital argentina, llevaba tres horas despierto. Su día comenzaba en su sencillo departamento en el segundo piso de la Curia, una vivienda modesta de dos habitaciones. En ese mismo momento, en otro rincón del edificio contiguo a la Catedral Metropolitana, con vista sobre Plaza de Mayo, el padre Alejandro Russo, actual rector de la Catedral de Buenos Aires, también se despertaba, impactado por la noticia.

En la sacristía de la Catedral, rodeado de cálices de arzobispos, un antiguo aguamanil enviado por el rey Carlos III en el siglo XVIII, y reliquias de santos, el padre Russo recordaba aquellos días en los que el cardenal Bergoglio estaba por dejar Buenos Aires. “Él siempre hacía lo mismo”, señaló al comenzar. La rutina de Bergoglio en Buenos Aires era meticulosa. Se levantaba a las 4:30 de la mañana, comenzaba su jornada con dos horas y media de lectura y meditación, como todo buen jesuita. Después, oficiaba misa si no tenía compromisos importantes y ocupaba su despacho a las 7:00, respondiendo cartas y atendiendo audiencias. A las 11:30 ya almorzaba en el comedor del segundo piso, seguido de una breve siesta. La tarde se completaba con más trabajo en su oficina hasta las 19:00. “Él siempre estaba disponible para atender llamadas, todo lo resolvía rápido”, mencionaba el padre Russo, quien también recordaba que Bergoglio nunca usó computadora, prefiriendo escribir a mano o en una máquina de escribir eléctrica. En una época tuvo un secretario y luego dos mujeres que lo asistían para atender el teléfono, Otilia y Elisa. Pero la agenda, que era de papel, la llevaba él mismo en su viejo portafolios con hebillas.

Las cenas eran simples y tempranas. “Él mismo calentaba lo que le dejaban preparado. No tenía problemas con hacer las cosas por sí mismo”, recuerda Russo. A las 9 de la noche se retiraba a su habitación, una estancia austera, con cama, armario y una mesa de luz. No tenía televisor, porque había hecho una promesa a la Virgen del Carmen. Su única excepción a la rutina era escuchar música clásica los sábados por la tarde, cuando sintonizaba Radio Nacional.

“¿Dónde estás?”, preguntó el arzobispo. “En mi cuarto”, le respondió Russo. “Vestite y vení”, le dijo Bergoglio. Al llegar a la oficina, vio que el Papa estaba hablando por teléfono con Roma. En ese momento, le susurró: “El Papa es usted”. Bergoglio lo miró incrédulo: “No, Alejandro, no es posible”. Recuerda el padre Russo: “Lo decía porque él acababa de renunciar a su sede de Buenos Aires, había cumplido 75 años, y pensaba que su tiempo ya había pasado”.

Lo que siguió fueron horas de tensión, llamadas de Roma y una conversación que terminó con una reflexión de Russo: “Cuando se elige a un Papa, no se tiene en cuenta nada, porque el Papa es soberano, está fuera de la ley, es el legislador Supremo, el Vicario de Cristo”. Y aunque Bergoglio insistió en que no era el momento para hablar de su posible elección, pronto se hizo evidente que la historia comenzaba a tomar otro rumbo.

El día del Cónclave estaba cada vez más cerca, Benedicto XVI había establecido al 28 de febrero como la fecha de su dimisión, pero Bergoglio aún no había decidido cuándo viajar a Roma. El padre Russo, que en esa ocasión se convirtió en su consejero en varias decisiones, le sugirió el 25 de febrero como fecha de salida. Pocos días antes de su partida, el Cardenal celebró su último bautismo, a la hija recién nacida de un piloto que había logrado una súbita fama por haber sido arrestado años atrás. Al terminar, Bergoglio se acercó a Russo y le dijo “me voy el 25”.

Su última misa en Buenos Aires tuvo lugar el 23 de febrero, en la Catedral Metropolitana, para un grupo pequeño de sacerdotes. Era un momento privado, un adiós aún no pronunciado. “Me dejó lista la homilía del Jueves Santo para que la pasaran a máquina”, recuerda el padre Russo, quien también señala que, cuando Bergoglio se convirtió en Papa, la homilía fue enviada a la Secretaría de Estado del Vaticano.

En las últimas horas de su vida como cardenal, Bergoglio se dedicaba a pequeños detalles, como pagarle a su amigo Daniel Del Regno, quien le llevaba todos los días el diario La Nación. suspendiera la entrega de su ejemplar. Del Regno le contó a Infobae: “Cuando me enteré de su viaje, por que él mismo me lo comentó, le dije si le parecía conveniente suspender los diarios, y me respondió que no, estaría de vuelta en una semana. Antes de eso había tenido la gentileza de bautizar a mi hijo, habíamos generado una confianza. Cuando nos enteramos que era Papa fue una alegría. Y traté de llamar a la Curia pero me ganó de mano. Me llamó por teléfono, pero con este caos que tiene la zona no alcancé a escucharlo bien. Creí que era una joda. Y no, era él, despidiéndose y ahora sí suspendiendo los diarios”.

Luego, cuando ya estaban listos para salir, el padre Russo le dijo con tono serio: “Usted se va a acordar de mí cuando digan ‘Bergoglio, 77’, y suene un aplauso”. Se refería al número de votos necesarios para ser elegido Papa en el Cónclave. Después, Bergoglio se despidió de su amigo con una sobriedad inusitada. Un auto rojo lo esperaba para llevarlo a Ezeiza. “Nos vemos a la vuelta”, dijo.

Jorge Mario Bergoglio nunca volvió a su tierra natal.

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